Núremberg. La historia siempre se repite dos veces
La instalación Núremberg. La historia siempre se repite dos veces reconstruye la puerta y las dos ventanas de la sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, la sala en la que tuvieron lugar los históricos juicios de 1945. En el doble espacio expositivo del CGAC, las dos obras se enfrentan, evocando la configuración espacial original de la sala.
La puerta está representada mediante un trampantojo pintado al óleo sobre madera, casi a escala real. Reproduce la puerta de mármol y bronce, aunque invertida como si se contemplara en un espejo. En su centro, una abertura negra ocupa el lugar de la puerta de madera original, introduciendo una presencia oscura, un vacío que se abre en el interior de la propia representación.
Las ventanas, pintadas al óleo sobre lino, recuperan una de las metáforas más antiguas de la pintura: la ventana como umbral entre dos espacios. A diferencia de las originales, que permanecieron cerradas durante los juicios, estas ventanas aparecen abiertas.
1 de octubre de 1946. 2:54 pm fija el instante preciso en que terminó la lectura del veredicto, cuatro minutos después de su comienzo. En ese momento exacto, las ventanas se abren simbólicamente. Es el final del juicio y de la guerra, pero también el comienzo de un nuevo orden jurídico internacional. A través de los cristales, la luz dorada y anaranjada del sol poniente entra en la sala, introduciendo una dimensión temporal y dramática: una última luz antes de la oscuridad de la noche.
Las ventanas enfrentadas se reflejan en el mármol y el bronce de la puerta, haciendo que ambas pinturas entren en diálogo a través de sus propias imágenes. El reflejo se convierte así no tanto en un recurso formal como en un medio de conexión: cada obra contiene, de algún modo, la presencia de la otra.
Inmersa en una luz tenue, semejante a la del crepúsculo, la instalación crea un espacio suspendido en el que memoria, justicia, representación y tiempo convergen. La sala ya no es simplemente reconstruida como un lugar histórico; se convierte en un espacio entre la presencia y la ausencia, entre aquello que ha sido presenciado y aquello que aún está por ver. La arquitectura nos es devuelta como imagen y la imagen, a su vez, nos devuelve a la historia.

Nuremberg. La historia siempre se repite dos veces.
2022-2025 | Óleo sobre madera | 535x327x22 cm


Nuremberg. La historia siempre se repite dos veces
En lo que respecta a la inversión de la imagen de la puerta de la sala 600 del palacio de justicia de Nuremberg quería apuntar que para mí no es un gesto formal, sino una toma de posición. La pintura aparece duplicada, invertida como en un espejo, y ese desdoblamiento señala su ambivalencia: entre uso y representación, entre documento y símbolo, entre memoria y presente.
La historia —y en particular la que rodea a los Juicios de Núremberg— no se clausura; se repite, se refleja, retorna bajo nuevas formas. La misma duplicación especular subraya esa condición, toda imagen histórica contiene ya su eco.
En continuidad con mi trabajo previo sobre el trampantojo, esta puerta se sitúa, una vez más, frente a un espejo imaginario. El trampantojo no es aquí un mero ejercicio de ilusión óptica, sino un dispositivo crítico: coloca la imagen en un espacio político y de inestabilidad donde lo real y su representación se tensan.
A lo largo de la historia de la pintura, el espejo ha funcionado como lente, como herramienta para pensar la construcción de la imagen y su estatuto ambiguo. En esta pintura ese espejo actúa como metáfora de la conciencia histórica.
Como señala Emanuele Coccia, cualquier forma y cosa que surge fuera de su propio lugar deviene imagen. Es en ese desplazamiento —entre la imagen original y su reflejo— donde aparece un espacio de conciencia. Me interesa precisamente esa distancia: el intervalo entre la realidad y la realidad simbólica del arte. Allí se activa una experiencia que no impone un relato cerrado, sino que propone una suspensión.
En esta obra no hay una interpretación explícita de la historia, sino la presentación de elementos aparentemente “objetivos”: fragmentos arquitectónicos, detalles, superficies. Sin embargo, su escala real y su precisión técnica los cargan de una intensidad visual difícil de eludir. La imagen, lo sensible, no está reflejada en la apariencia tridimensional de la superficie pictórica, sino en la mirada que la enfrenta.
El espectador discurre entre la imagen desplazada del propio lugar y la memoria de su emplazamiento original. Se sitúa en un territorio intermedio: entre la realidad del arte y su espejo histórico, entre el contexto politico del presente y su reflejo en el pasado. En ese espacio de ambivalencia —propio del trampantojo— la historia deja de ser un relato fijo y se convierte en una superficie que devuelve nuestra propia imagen.
Lluís Hortalà
1 de octubre de 1946. 2:54 pm.
2024-2025 | Óleo en lino | 285x195cm c/u
















